A propósito del día del traductor


Me he traducido a mí misma. Sí, cual escritora internacional por encargo, tomé un escrito que inútilmente hice el año pasado para mis antiguos empleadores y lo llevé al español.
La pieza original se encuentra en el museo del vestido salmónico. Y
he aquí su versión local:

Como si el azar fuera esa fuerza oculta en la que sólo creemos cuando nos es conveniente hacerlo, y de la cual sospechamos cuando se acerca como una ola hacia nosotros, los últimos dos libros que leí contaban historias sobre traductores. En ambos casos, los protagonistas eran hombres, estaban comprometidos con la tarea de develar el secreto que se esconde detrás del idioma inglés. Las tramas de los libros eran bastante distintas, sus personajes aun más, pero ambos, con estilos y registros diferentes, llegaban al mismo punto: traducir es un proceso continuo, que nunca termina, y del cual un traductor jamás se puede separar; es esa actividad que lo obsesiona incluso cuando el traductor descansa.

Cuando un abogado sale del tribunal, llega a su casa, le da un beso a su mujer y toma su trago de whisky, todo lo que le queda del día es una sensación. Es decir, la felicidad o la tristeza que acompaña un resultado. Es posible que haya acarreado consigo problemas o el estrés del lado injusto de la justicia; pero las leyes de las cuales se valió ese día, los códigos a los que acudió para guiarse, o los criminales que llevó a prisión no permanecen con él.

Cuando un traductor termina su día, apaga su computadora y le da un descanso a las palabras con las que estuvo lidiando todo el día, las palabras nunca lo dejan a él. Trabajar con el lenguaje es entregarse a la idea de que las palabras están en cualquier parte: en un mal subtítulo, en una canción, en un amigo que no sabe conjugar un condicional, en un libro cuya versión original derrama lágrimas por las acciones de un traductor perezoso.

Puede transformarse en una pesadilla, puede ser cansador y exasperante, pero las almas infatigables que manipulan con cuidado el arte de verter una pieza a otro idioma saben que alcanzar el objetivo mayor es la única recompensa. Los arquitectos que día tras día construyen el puente que cierra la brecha entre los idiomas sólo pueden descansar cuando las islas que separan las culturas se unen en un único territorio, un lenguaje unificado que pueda obsesionarnos a todos por igual.

3 comentarios:

Mme. A. dijo...

Feliz día, mi querida! Gracias traductores por existir y hacer mi vida cada día más fácil y holgazana. No existe nada más fastidioso que leer en otro idioma que no sea español.

rockerista dijo...

a ver, posta tiro esto ¿cuántos bogas se clavan un chupi cuando llegan a la casa?. Para mi estos tipos son extremos, o la virguean full time o detonan como muchos abogados mediáticos.

Muy bueno el blog.

Lisandro dijo...

Pero he sabido...

Creo que parte de lo maquiavélico de la profesión, es que, y ud. lo debe saber mejor que nadie, por más que lo intente y lo intente, es una actividad imposible. Y allí reside tanto la gloria de creer haberse acercado a la meta, cuanto el sabor amargo de mascar la hierba tras la caída.

Feliz día my mens!

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