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Donde sea que el sol se ponga


Hacía tanto frío ese día. Ese festival, tan raro, tan cool, tan clase media y tan económico. No parecía ser real. Tenía mi boina, que había visto una y otra vez en la vidriera. Moría por comprarla, pero Dior, era tan cara. Cobré, no lo pensé, excusada en un impulso me la llevé. En el viaje a Anoraak la perdí, quedó olvidada en nombre del amor en el asiento de la Costera.

La pasamos tan bien. Y ellos estuvieron tan fabulosos. Como Capri, como los otros con nombre de sigla en la banda. Bailamos, porque no podíamos evitarlo y porque el frío era demasiado.

Qué elegancia la de Francia, y qué bien que la pasamos.

Mme A., enamorada del cantante y fiel a sus flechazos de recital, gritaba "Anoraak, te amo" y reía, reía tanto, estaba borracha de glamour y cerveza en vaso.
Éramos muy pocos en esa pista helada pero sin nieve que nos sostenía los pies. No había terminado la última banda que ya estaban levantando todo.

Este atardecer tan oscuro, tan ocioso, tan frío me llevó a ese día. Este segundo disco, con tanto olor a playa chic con DJ y puesta de sol, calienta mis oídos llenos de invierno.

A primera escucha


Nos pasa mil veces. Lo leemos en Radar, lo leemos en la Inrocks, y en algún otro lado más, pero nunca lo comentamos. Compartimos la misma información que con toda la facilidad olvidamos, momentáneamente, para recordarnos —un titular más tarde— que quizás valía la pena darle una oportunidad. Así fue que, después de darle de cenar hamburguesas al nene, él abrió la RS (que claro está, estaba de casualidad en mi casa; bien se sabe que yo por cuestiones ideológicas no la compro más). Él leyó su nota y en un bache incómodo de silencio se paró y puso su MySpace.

— ¿Quiénes son?
— El de The Shins (que nunca me cabió) y Danger Mouse.
— ¿Y ése?
— Un productor que trabajó con muchos.
— ¿A lo Pharrell?
— Claro.
— Viste que hay de esos productores que se dedican a rodearse de gente talentosa, les toquetean un par de canciones y se hacen conocidos.
— A lo Mark Ronson, ponele.
— Aha.

El “aha” de él es tan particular, y a mí se me pegó, como tiene que ser. Tanto es así que, el otro día en conversación con Elcalto lo dije inconscientemente así y el maldito no pudo dejármelo pasar. Tuve que reír, era tan evidente todo que develaba entera mi fascinación absurda.

¿De qué hablaba? Ah sí… de Broken Bells, que ya es parte de mi rígido y que es todo el groove que necesitaba este sábado de lluvia constante. Esa sensación de inmediata comodidad con una banda nueva, ese ritmo que hace que el cuerpo se mueva instintivamente, siguiendo la melodía con la naturalidad propia de la vibración correcta. Diez canciones, cortas y sencillas, en su mayoría de fácil escucha (queda tanto mejor “easy listening”) y sin vueltas.

Cuando encontramos la carpeta de una banda que bajamos alguna vez y nos olvidamos de escuchar, él siempre dice que ponga la primera canción porque necesariamente tiene que ser buena, es la carta de presentación; y yo no puedo sino recordar que en varias entradas de este blog siempre me refiero a “la canción que abre el disco”, por alguna razón es sobre la que nunca puedo evitar hablar. Y en este disco la fórmula no falla, The High Road es tranquila y apacible, como un té de invierno, que vaporizador de por medio, desemboca en los ruiditos espaciales y los cánticos setentosos de Your head is on fire (hasta creo escuchar una pandereta).

Y por algo me gustó tan rápidamente, The ghost inside es un pasaje repentino a la pista multicolor, un excelente warm-up para armar un playlist exquisito en una fiesta cool. El barco que lleva a la nada (la canción cinco) es raro. Dos canciones en una que me animo a opinar no quedan nada bien, chocan, me hacen levantar la vista y fruncir el ceño, señal de que algo no anda bien. Un bajón justo en el intermezzo del álbum, un desacierto que un día con menos paciencia y alcohol me harían sacar el disco a la mierda y poner Bee Gees.

La progresión del sexto tema es una confirmación de que había que quedarse y no tomar decisiones apresuradas. Volvió la tranquilidad y acompañada de coros maravillosos. Meciendo inevitablemente la cabeza me encuentra el séptimo tema del disco y no dejo de alegrarme por haberlos descubierto. Otro sacudón y a la pista, perfecto para mi regla de no más de dos canciones por banda en el playlist, la sumo a la cuatro y el warm-up va tomando todo el color.

Cierran Mongrel heart y The mall and the mysery, justo lo más débil del disco. El popazo de la primera y los ruidos de la segunda se ponen molestos por momentos. Sin embargo, ninguna de las dos opaca el gran hallazgo de una banda que Alfie tan genialmente describió como “tipos con ritmo”.

Buena compensación por otro sábado de abstinencia de buenas bandas en vivo.

Coming back is never easy


Heligoland es una isla alemana ubicada al sudeste del Mar del Norte*, también es el nombre del último disco del dúo inglés Massive Attack. Siete años pasaron de aquel trip llamado 100th Window, un disco que difícilmente podría alcanzar algún reconocimiento luego del perfecto Mezzanine del año 98.

Recuerdo mis dieciocho años. Casi más claramente que cualquier otro año. Recuerdo que “trip hop” era mi término favorito, pero que raramente podía incluirlo en una conversación con la gente que me rodeaba (mucho Cadillac, mucho “rock nacional”, y yo tratando de conversar sobre música con computadoras).

Pero esto no va de mí, sino de Heligoland, cuya primera canción es una bocanada de humo negro que abre las puertas a un disco, a mi entender, oscuro. Pray for rain (título demasiado parecido a Prayers for Rain de The Cure) abre el disco con la participación de Tunde Adebimpe, un TV on the Radio. Y los dúos se continúan a lo largo del disco: Horace Andy (a quien ya habíamos escuchado en el track Angel de Mezzanine, Hope Sandoval (la voz melancólica de Mazzy Star) que aporta su tímida sensualidad en Paradise Circus (mi favorito del disco), Damon Albarn (explicar quién es me llevaría al suicido inmediato) y los franceses chic de Air.

A ver… en rigor de verdad, Heligoland no trae nada distinto. No mejora ni empeora la carrera del dúo de Bristol, no incluye ningún posible himno del género electrónico, pero se deja. Se deja recorrer, disfrutar y ambientar. Así lo creyeron los musicalizadores de Gossip Girl, que cerraron el episodio 22 de la tercera temporada con Paradise Circus, me desvelaron ayer por la noche y con tamaño acierto lograron que yo hoy haya hecho el enorme esfuerzo de sentarme a escribir esto.

*(L) Wiki.

R de Revancha


Hace seis años, el gran Quentin hizo una obra maestra que ocupa, hasta el momento, mi top five de películas. ¡Cómo no incluirla!, es infalible: una gran historia, plagada de impacto visual y con una banda de sonido demoledora. Y para hacer la experiencia todavía más magistral, una entrega en dos partes con un año de diferencia entre ellas. No hay con qué darle, tiene todos los condimentos necesarios para ser ge nial. Ahora, si encima sos mujer, justiciera y belicosa, bueno, date por hecha.

Obsesionada con todo este tema de la novia vengativa (igual que cuando niña estaba obsesionada con She-Ra), unos años después descubro una banda que bien podría haber estado inspirada en Beatrix Kiddo: She wants revenge.

Este dúo californiano saca su disco homónimo en 2006. Nada nuevo bajo el sol, pero no por eso menos disfrutable. Los puristas del sonido los llaman la versión más oscura de Depeche Mode o Placebo (para quienes actuaron de teloneros), y algo de razón llevan. Pero lo que los aparta un poco de éstos es el voltaje de sensualidad que tiene la voz del cantante, y el fetichismo y la frialdad que se cuela en las letras.

No es para nada sorprendente que se hayan bautizado así. Sus canciones son polaroids de mujeres puestas en distintos escenarios pero con un mismo denominador común: son víctimas del deseo (o falta de éste) masculino. Hay chicas masturbándose encerradas en baños porque sus hombres son malos; otras a las que luego de un sombrío countdown les dicen que son lindas, dulces, pero que no se hagan ilusiones, porque no se van a enamorar de ellas; y otras a las que con irónica dulzura les piden atención sólo para decirles que las van a dejar. Un concepto bastante integral.

El lado más machista del darkwave también tuvo una segunda entrega en 2007 con This is forever. Pero a diferencia de la continuación tarantinesca, el disco no aporta, crece, ni mucho menos cierra nada de lo anterior, es una réplica exacta y mucho más pobre de su primer álbum.

Quizás ella sí tuvo su venganza, y “como es un plato que se sirve mejor frío”, se la cobró un año después. Sólo que en lugar de una Hattori Hanzo y una técnica samurai de cinco dedos, se la tomó dejando a la banda sin nada bueno para decir, ni un sonido más elaborado que lo acompañe. En palabras de Budd: "She deserves her revenge and we deserve to die".

Camisetas


Escuchar “Yo no miro cine argentino” y sus frases derivadas es algo que me rompe soberanamente la paciencia. La forma en que esta disciplina ha sido una y otra vez estigmatizada, desvalorada y despreciada logra, sistemáticamente, encabronarme. Entiendo que ejemplos como Música en Espera y Esperando la Carroza II (sí, mi boca de jarro es tan grande como la de Jagger, porque me abstuve de mirarlas a ambas) no hacen otra cosa que darles argumentos a los imberbes que declaran esas barbaridades; sin embargo, en los últimos diez años han salido producciones que no sólo contradicen lo antedicho, sino que demuestran que aparte de talento, aquí se cosecha originalidad.

Pero esto no va de vanagloriar al “Nuevo cine argentino”, sino de confesarme como una maldita hipócrita contradictoria. Si mi línea de pensamiento fuera estrictamente coherente, yo debería juzgar con la misma vara y preservar los mismos valores con otras disciplinas artísticas, a saber, por ejemplo, la música. Entonces debería desdeñar todo aquel comentario que, de algún modo, menosprecie la música nacional. Bueno no, yo para eso soy una condenada esnob (algo de lo que en ningún punto me enorgullezco) y para calificar la música argentina soy una caterva de prejuicios.

Pocas bandas han salido airosas de mi dedo enjuiciador. Creo que, con suerte, llego a las quince, ponele. Dos de ellas formaron parte de mi genial fin de semana pasado, el que tuvo a Victoria Mil y a Los álamos de protagonistas, y otra será parte del que viene.

Bicicletas presenta este viernes Quema en La Trastienda; un disco superpoderoso como Bombón, Burbuja y Bellota, con unas guitarras potentes y esas melodías bien bicicleteras. Como en una gran historia de amor, lo mejor está al principio del disco. El crescendo de la intro de Quema vaticina que éste es el disco más rockero de la banda, y la carcajada del final del tema es el puente perfecto a lo que se huele como hit: 11 y 20. Mi preferida, Araña negra, sale tercera en el podio y me trae a la memoria el final de Tarántula mezclado con la mejor historia de paranoia en los labios de un peposo.

La tríada del final (En tu cara, Escaleras y Tren) me dan ganas de ponerle “repeat” a mi reproductor y dejar que la psicodelia vuelva a empezar. Nada mal para una prejuiciosa contradictoria eh.

Vision of Division


Si yo supiera bien cómo configurar la opción “Buscar” en este blog y alguien -andá a saber con qué motivo- tipeara en el recuadro la palabra “Strokes”, definitivamente sería ésta la que tenga más entradas en este espacio.

El que me ocupa hoy es Fabrizio Moretti, el baterista brasileño de la banda y ex prometido de Drew, cuyo proyecto paralelo se titula Little Joy. Pequeña alegría la que da esta banda con su disco de once canciones, un disco que inicia su itinerario en Río de Janeiro y convida maravillosas baladas dignas de un Caetano Veloso (Evaporar), pasa por Nueva York para empaparse de crudo Stroke (Keep in mind, How to hang on a Warhol) y una vez allí se come una banana con dulce de leche junto a Nico (Don’t watch me dancing).

Y como si el desarraigo no bastara, también padecen de anacronismo. Brand new start y Shoulder to shoulder suenan a covers de canciones compuestas cincuenta años atrás, esos temas en los que hermosas negras en vestidos dorados y grandes batidos hacen los coros.

En esta nueva movida de bandas que no firman contratos a miles de años, ni osan declarar separaciones definitivas, y “los finales no tienen finales” es cuestión de encontrar nuevos compañeritos de juegos que mantengan la llama viva. Los de Moretti son Binki Shapiro y Rodrigo Amarante que solían revolcarse en el arenero de su proyecto llamado Los Hermanos.

Y como a Julian Casablancas no le gusta ser el único del jardín que no tiene con quien jugar, en la primavera sacará su primer disco solita: Phrazes for the young. Ninguno de sus tres compañeritos ha decepcionado, horrible sería que él fuera la excepción a esta regla.

enJOY!

"Una tosca media noche"


de un sábado de mucho frío esperaba con ansias el mensaje de texto de Alfredo donde me informaba a qué hora comenzaría a tocar Gran Cuervo. No había visitado su Pure Volume, ni su MySpace ni nada. No sabía nada en absoluto acerca de ellos más que el cariño inexplicable que me unía a uno de sus guitarristas. Un cariño de esos que no necesita el paso del tiempo para ser justificado.

Iba sola, Lamiga tenía un chongo birthday que no se podía perder y yo no podía romper mi compromiso de asistir al gig. Llegué a una casa empapelada con íconos revolucionarios y más suciedad que las calles de Retiro después de una noche de San Patricio. Por un segundo me arrepentí de haber ido, hasta que el abrazo de Alfredo al recibirme me confirmó que no había otro lugar donde debía estar. Me senté, encendí mi cigarro armado y escuché la primera banda: Hongo. Mon Dieu, perdí la peluca en algún acorde de la primera canción y ya nunca más la recuperé.

Hasta ese momento no había muchas personas, más entrada la noche y más cercana la aparición de Gran Cuervo, las cosas cambiarían. Tanto es así que tuve que levantarme, no llegaba a ver por las personas que se habían empezado a agolpar en el pequeño cuarto (cuando se ve a una banda así no da perderse las caras de sus integrantes mientras se dejan llevar por sus propios trances). Trances que todos los demás compartirían. Entre ellos, un muchacho de pantalones muy caídos, cabello largo y oscuro, y actitud rebelde. Lo vi pero no lo vi, mi cigarro y la música me habían privado de mis sentidos. Fue cuando tenía su espalda apoyada sobre mi cara y el pico de su cerveza demasiado cerca de mi vestido que pude verlo con alguna claridad. Después del exabrupto, y a modo de disculpa, me convidó un trago de su cerveza. Le dije que no con mi cara de pocos amigos y se alejó.

“Fue raro, estuvo buenísimo, pero fue raro”, le contesté a Alfredo con honestidad brutal cuando me preguntó cómo había estado. Había algo en sus guitarras que me había hipnotizado, mis desacostumbrados oídos se habían prestado con placer al viaje que los cuervos proponían, pero era imposible pelear con esa incomodidad que produce el género al principio. Sabía que no era mi última vez frente a estos muchachos y sentí que el gen de seguidora se había instalado.

Lo saludé, le agradecí haberme invitado e insistido en que vaya, estaba feliz de haberlos escuchado. Llamé un auto y me senté a esperarlo en un umbral. Y entonces volvió. El chico de los pantalones caídos apareció por la esquina, me miró y se detuvo. No recuerdo qué me dijo en un principio, pero sí recuerdo que compartimos la gracia de haber escuchado la intro de No Surprises a manos de Gran Cuervo. Eso nos llevó a las From the Basement y a otros tópicos que fueron abruptamente interrumpidos por la llegada de mi auto. Tenía que irme, Lamiga me estaba esperando en la fiesta, los choferes no gustan de esperar y el frío era asesino. Me subí al auto, los cuervos me habían robado las neuronas y un desconocido, varias sonrisas.

Hoy, varios muchos meses después, el desconocido me abraza antes de dormir y Gran Cuervo edita Polisessions Volumen I.

El EP abre con Marcellus Wallace Song, tan violenta y poderosa como la venganza que te espera por darle un masaje en los pies a la mujer del jefe de la banda, cuyo rostro no se conoce pero su falta de piedad se anticipa.

Grosso Corvus, la canción más corta del compilado, con un bajo rebana cerebros y por primera vez la voz de los Brandon Lee obligándote a buscar adentro, a escuchar el grito, en lugar de huir a lo desconocido. Y me imagino a Tippi Hedren rodeada por estos cuatro muchachos que la acosan hasta que le sangren los oídos.

Alcanzando el estado alfa abre con un estéreo de voces distintas y un “cae” que te transporta y te lleva al abismo mismo del sonido. Los ecos de la caída resuenan mientras una sensual guitarra dibuja formas y des-formas multicolores.

El riff de Ojos… es mi favorito, lejos. En realidad debería decir que Ojos… es mi favorita y ya. Si tuviera que elegir un tema para mostrarle a alguien por qué me gustan y por qué debería gustarle, elegiría esta canción sin dudarlo. Entre los segundos que transcurren desde el 5:20 al 6:28 no me pregunten qué pasa porque me fui, y vaya a saber uno adónde.

Y se termina, el Cuervo te hizo volar y se va, se despide, despega de este mundo con un funk con vientos y centellas. Y te quedás con ganas de más, como siempre que se vuelve de un viaje.

El poder gatuno


"Si tengo una diferencia con alguien, soy incapaz de defender mis ideas. La mayor parte del tiempo termino haciéndome la loca".

Inrockuptibles - Julio 2009

Yo te avisé...


Te reto a que dejes el cuerpo quieto durante las doce canciones que trae este disco. Te reto a que no sonrías en ningún momento en una escena seudodiscotequera de glamour y conquista. Te reto a que no lo recomiendes cuando te pregunten: "¿Escuchaste algo nuevo y bueno últimamente?". Te reto a que cuando me veas no tengas ganas de decirme: "¡Tenías razón, boluda, estaba bueno!".

"Hate to say I told you so."

Forever young


“Understatement” en inglés es algo como “quedarse corto”- vamos, no de dinero, sino en el sentido mas lingüístico de las cosas: “Tiene tipo 30 películas, y me parece que me quedo corto”. Es una de esas expresiones que lo que hacen, principalmente, es trabajar en el énfasis que ciertas cosas necesitan, como una ensalada de lechuga y tomates necesita la sal.

En fin, The age of the understatement es el primer y único disco (hasta el momento) de The last shadow puppets. No voy a perder tiempo en explicar de dónde vienen y adónde van. Vamos dude, si no lo sabes hasta el momento, Wikipedia está a un clic de distancia y tu ignorancia sobre este tema debería preocuparte.

Para volver y alejarme del moralismo, el disco es belleza. Música de jóvenes que parece hecha para viejos. Desde la primera escucha, a casi un año de distancia, hasta el momento, cada vez que pongo el disco siento que estoy inmersa en una película de Bond. Es música de parafernalia cinematográfica hecha por niños que aún sufren las terribles consecuencias del acné.

El estilo, el charme, la cadencia de estas canciones se desliza por los parlantes para posarse en tus oídos y transportarte a un universo habitado por caballeros en esmoquin y mujeres en hermosos vestidos largos, preferentemente de color rojo.

Cuando no es en una fiesta de la alta sociedad, o en un avión con un espía en traje de diseñador y peinado con sutiles toques de gel, es en un western de la nueva era. Y así, de canción a canción, de ambiente a ambiente, el desborde de talento de estos púberes toma poder de tu conciencia y te convierte en un escucha cautivado hasta la rendición absoluta.

My mistakes were made for you, y su confesión exenta de toda culpa (como si acaso eso fuera posible); I dont like you anymore, un “no te quiero más” que rebasa infantilismo pero carece de inocencia; Meeting place, y sacame de acá porque siento que estoy tomándome un café en un barcito de Paris mientras leo la critica de la trilogía de Truffaut.

“La vuelta a los sentidos en doce canciones” debería llamarse este disco. Pero sería un facilismo, la falta total de metáfora inteligente. Mira sino la tapa. Y te juro que solo tienen 24 años.

School of Rock


Una persona más que me diga “¿Pero de dónde crees que salieron los Strokes? Ellos no inventaron nada”, con esa arrogancia del que se regodea en su calidad de fanático de los grandes clásicos del rock, y te juro que no lo dudo. Acomodo mi garganta, le doy forma en mi boca y le lanzo el escupitajo más grande que este mundo jamás haya visto por parte de una persona cuyas hormonas se componen, principalmente, de estrógenos.

Te juro que lo entiendo, te juro que me gustan los Stooges, te prometo que me doy cuenta de que las guitarras estrokeras suenan igual a la de los grandes próceres del movimiento musical más grande del mundo, pero no me puede importar un ápice menos.

Su música no será de avant-garde, sus melodías no serán la promesa de la composición moderna, pero son putamente buenos. Y con eso me basta. Me basta entender que, como en muchos aspectos de la corriente creativa, las posibilidades de cambio son más que reducidas. Tengo la coherencia suficiente para darme cuenta de que de los 2.000 millones de bandas que se forman por año, a sólo un mínimo porcentaje de ellas se las puede denominar innovadoras. ¿Pero cuánto de eso importa si la intro de Heart in a Cage tiene el caudal de energía necesario para transmitirme una pequeña dosis de 220V en el cerebro? ¿Con qué necesidad voy a negar el talento de una banda cuyas influencias, imposibles de evitar, se cuelan en los acordes de sus canciones?

Aceptar que algo es bueno, más allá de poder rastrear o no sus orígenes en sus antecesores, no es rechazar lo clásico, es reinventarlo, es revitalizarlo, y por qué no, es una manera de imprimirle un valor que quizás habíamos olvidado que tenía. Es hora de reconciliar lo viejo con lo nuevo, en lugar de tener, necesariamente, que elegir un bando.

Con J de Jarvis


Jarvis canta sólo como Jarvis sabe. Con glamour, elegancia y una tonelada de freak sex en las cuerdas vocales. Y cuando la mayoría de sus colegas caen presos de la burguesía de la mediana edad y le cantan a los amores de sus vidas, él, sólo él, puede vendernos su chapa de rompe hogares y su filosofía de establecer encuentros pasajeros sin despeinarse su perfecto flequillo inglés.

Further complications es una confesión más rockera (mal que a él le pese) que su primer disco solista. Más cerca de Pulp que de Jarvis, o a mitad de camino entre los dos mundos, si acaso es posible dividirlos.

La joya reluce en el medio del disco: I never said I was deep. Dior, el hombre canta una barbaridad de frialdad y aun así suena a bolero chic. De esas canciones que si no se “profundiza” (take the pun, bitch!) en la letra, pasa sin titubeos por una canción más de amor. Y esa es la magia con la que encanta Cocker, la ferviente exoticidad disfrazada de dulzura y estilo que nunca pasa de moda.

Receta para armar una buena banda


2 cucharadas soperas de Joy Division
1 cucharada de té de New Order
Una pizca de Interpol
The Killers a gusto

Sing "like you mean it"


Siento tanta nostalgia.
De cuando eran jóvenes, pedían a gritos el indie rock and roll, no se preguntaban si eran humanos o bailarines, sino vivían como podían con razones desconocidas.

Perdieron el tacto.
De tanta invitación a sentir los huesos ajenos, se quedaron sin magia corriéndoles por las espaldas. Aburguesados después de todas las cosas que hicieron, compensan la ausencia de las giras con cuentos de hadas, forzando en la nueva era tigres de neón.

De versionar a la división de la alegría y a las situaciones desesperadas a sonar como el peor chico de tiendas de mascotas.
De rodearse del subterráneo de terciopelo a cantar como el peor irlandés filántropo y demagogo.

Extraño la tierra de Sam y los bigotes, los ríos salvajes y los novios que parecían novias.

Extraño a los asesinos de gargantas...

You won't be fooled by this


La primera vez que escuché (sobre) The Strokes los odié. Flameando la bandera del prejuicio, me enarbolé contra la cruzada en contra de lo nuevo por lo nuevo; esa gran frase del decadente Horvilleur “que escuchan música que está por venir” representaba toda esa camada de gente cuya presencia y opiniones no podía/puedo soportar, claro, mucho menos su música. Fuckin newbies.

Pasada la euforia, caída la venta de remeras y transcurrido el BUE de ese año, los volví a escuchar, los escuché debería decir. Y bueno, es sabido, los amé.

Algún tiempo después su guitarrista decidió que no podía canalizar su ego salmonesco por medio de pinceladas y lanzó Yours to Keep, disco que -aparte de ser casi perfecto y haber musicalizado la autopista Buenos Aires/La Plata un verano entero- tiene el nombre más dulce de todos los discos, el sencillo “Para que te lo quedes vos” (versión libre de lo que me hubiese gustado escuchar de él en un bar de NY, pasada de mc onion y con un vestido de Diane von Furstenberg, mientras recibía de sus manos el preciado cd).

Ahora, ya atravesado el largo período de abstinencia hammonesca al que estaba sujeta, vivo presa de ¿Cómo te llama?. La melodía orientalesca de Spooky Couch, del “ya te extraño” de In my Room, de envidiar como una loca a Lisa y de esas guitarritas que ya se sabe garpan, y mucho…

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