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Donde sea que el sol se ponga


Hacía tanto frío ese día. Ese festival, tan raro, tan cool, tan clase media y tan económico. No parecía ser real. Tenía mi boina, que había visto una y otra vez en la vidriera. Moría por comprarla, pero Dior, era tan cara. Cobré, no lo pensé, excusada en un impulso me la llevé. En el viaje a Anoraak la perdí, quedó olvidada en nombre del amor en el asiento de la Costera.

La pasamos tan bien. Y ellos estuvieron tan fabulosos. Como Capri, como los otros con nombre de sigla en la banda. Bailamos, porque no podíamos evitarlo y porque el frío era demasiado.

Qué elegancia la de Francia, y qué bien que la pasamos.

Mme A., enamorada del cantante y fiel a sus flechazos de recital, gritaba "Anoraak, te amo" y reía, reía tanto, estaba borracha de glamour y cerveza en vaso.
Éramos muy pocos en esa pista helada pero sin nieve que nos sostenía los pies. No había terminado la última banda que ya estaban levantando todo.

Este atardecer tan oscuro, tan ocioso, tan frío me llevó a ese día. Este segundo disco, con tanto olor a playa chic con DJ y puesta de sol, calienta mis oídos llenos de invierno.

A primera escucha


Nos pasa mil veces. Lo leemos en Radar, lo leemos en la Inrocks, y en algún otro lado más, pero nunca lo comentamos. Compartimos la misma información que con toda la facilidad olvidamos, momentáneamente, para recordarnos —un titular más tarde— que quizás valía la pena darle una oportunidad. Así fue que, después de darle de cenar hamburguesas al nene, él abrió la RS (que claro está, estaba de casualidad en mi casa; bien se sabe que yo por cuestiones ideológicas no la compro más). Él leyó su nota y en un bache incómodo de silencio se paró y puso su MySpace.

— ¿Quiénes son?
— El de The Shins (que nunca me cabió) y Danger Mouse.
— ¿Y ése?
— Un productor que trabajó con muchos.
— ¿A lo Pharrell?
— Claro.
— Viste que hay de esos productores que se dedican a rodearse de gente talentosa, les toquetean un par de canciones y se hacen conocidos.
— A lo Mark Ronson, ponele.
— Aha.

El “aha” de él es tan particular, y a mí se me pegó, como tiene que ser. Tanto es así que, el otro día en conversación con Elcalto lo dije inconscientemente así y el maldito no pudo dejármelo pasar. Tuve que reír, era tan evidente todo que develaba entera mi fascinación absurda.

¿De qué hablaba? Ah sí… de Broken Bells, que ya es parte de mi rígido y que es todo el groove que necesitaba este sábado de lluvia constante. Esa sensación de inmediata comodidad con una banda nueva, ese ritmo que hace que el cuerpo se mueva instintivamente, siguiendo la melodía con la naturalidad propia de la vibración correcta. Diez canciones, cortas y sencillas, en su mayoría de fácil escucha (queda tanto mejor “easy listening”) y sin vueltas.

Cuando encontramos la carpeta de una banda que bajamos alguna vez y nos olvidamos de escuchar, él siempre dice que ponga la primera canción porque necesariamente tiene que ser buena, es la carta de presentación; y yo no puedo sino recordar que en varias entradas de este blog siempre me refiero a “la canción que abre el disco”, por alguna razón es sobre la que nunca puedo evitar hablar. Y en este disco la fórmula no falla, The High Road es tranquila y apacible, como un té de invierno, que vaporizador de por medio, desemboca en los ruiditos espaciales y los cánticos setentosos de Your head is on fire (hasta creo escuchar una pandereta).

Y por algo me gustó tan rápidamente, The ghost inside es un pasaje repentino a la pista multicolor, un excelente warm-up para armar un playlist exquisito en una fiesta cool. El barco que lleva a la nada (la canción cinco) es raro. Dos canciones en una que me animo a opinar no quedan nada bien, chocan, me hacen levantar la vista y fruncir el ceño, señal de que algo no anda bien. Un bajón justo en el intermezzo del álbum, un desacierto que un día con menos paciencia y alcohol me harían sacar el disco a la mierda y poner Bee Gees.

La progresión del sexto tema es una confirmación de que había que quedarse y no tomar decisiones apresuradas. Volvió la tranquilidad y acompañada de coros maravillosos. Meciendo inevitablemente la cabeza me encuentra el séptimo tema del disco y no dejo de alegrarme por haberlos descubierto. Otro sacudón y a la pista, perfecto para mi regla de no más de dos canciones por banda en el playlist, la sumo a la cuatro y el warm-up va tomando todo el color.

Cierran Mongrel heart y The mall and the mysery, justo lo más débil del disco. El popazo de la primera y los ruidos de la segunda se ponen molestos por momentos. Sin embargo, ninguna de las dos opaca el gran hallazgo de una banda que Alfie tan genialmente describió como “tipos con ritmo”.

Buena compensación por otro sábado de abstinencia de buenas bandas en vivo.

Coming back is never easy


Heligoland es una isla alemana ubicada al sudeste del Mar del Norte*, también es el nombre del último disco del dúo inglés Massive Attack. Siete años pasaron de aquel trip llamado 100th Window, un disco que difícilmente podría alcanzar algún reconocimiento luego del perfecto Mezzanine del año 98.

Recuerdo mis dieciocho años. Casi más claramente que cualquier otro año. Recuerdo que “trip hop” era mi término favorito, pero que raramente podía incluirlo en una conversación con la gente que me rodeaba (mucho Cadillac, mucho “rock nacional”, y yo tratando de conversar sobre música con computadoras).

Pero esto no va de mí, sino de Heligoland, cuya primera canción es una bocanada de humo negro que abre las puertas a un disco, a mi entender, oscuro. Pray for rain (título demasiado parecido a Prayers for Rain de The Cure) abre el disco con la participación de Tunde Adebimpe, un TV on the Radio. Y los dúos se continúan a lo largo del disco: Horace Andy (a quien ya habíamos escuchado en el track Angel de Mezzanine, Hope Sandoval (la voz melancólica de Mazzy Star) que aporta su tímida sensualidad en Paradise Circus (mi favorito del disco), Damon Albarn (explicar quién es me llevaría al suicido inmediato) y los franceses chic de Air.

A ver… en rigor de verdad, Heligoland no trae nada distinto. No mejora ni empeora la carrera del dúo de Bristol, no incluye ningún posible himno del género electrónico, pero se deja. Se deja recorrer, disfrutar y ambientar. Así lo creyeron los musicalizadores de Gossip Girl, que cerraron el episodio 22 de la tercera temporada con Paradise Circus, me desvelaron ayer por la noche y con tamaño acierto lograron que yo hoy haya hecho el enorme esfuerzo de sentarme a escribir esto.

*(L) Wiki.

"Hush, hush, darling"


Un poco por obstinada, otro tanto por miedosa y, en gran parte, por caprichosa aún no sé conducir. Esto implica que, casi un cuarto de mi sueldo (sino más) se vaya en tarifas de taxis.

Harto es sabido que la raza del taxista es peculiar. Entre otras cosas, son seres que nunca eligen su destino, su meta es siempre la de otros. Quizás por esto, la mayor parte del tiempo la gran mayoría de los conductores de taxis andan enojados. Cuando no es por el tránsito (y cuánta razón tienen) es porque les cerraste bruscamente la puerta (esas puertas son im pre de ci bles) o porque el gobierno de turno les tiene las que les cuelgan al plato.

Todos esos motivos son válidos para que su carácter se torne difícil, pero me pregunto ¿cuántas ganas tengo yo de escuchar sus quejas? Yo no me subo a su coche puteando a Scioli por lo que le dejo de Ingresos Brutos, ni maldiciendo a mi depiladora porque me dejó pelos y me arrancó la cabeza. Mis quejas son mías, y por filiación de mi familia, amigos y novios; entonces, ¿por qué los taxistas sienten la necesidad de hacerme a mí interlocutora de sus problemas? No sé por qué, y poco importa, sólo pretendo que dejen de hacerlo. Quiero que todos los taxistas sean como el que me tocó en suerte ayer.

Era de noche, tenía toda la semana en mi espalda y paré un taxi en 12 y 47. No bien vi al conductor una sonrisa enorme se plantó en mi cara. El señor, pelilargo y entrado en canas, tenía un cigarrillo prendido en sus dedos. Automáticamente luego de apoyar mi trasero en el asiento, que como debe ser no estaba recubierto de nylon (en el verano no hay forma de no quedar pegado a esa bosta) le pregunto más por cortesía que por intriga, si podía yo también prenderme un cigarrillo. Accedió, qué hipócrita tenía que ser para no dejarme. Ya el viaje estaba armado, pero cuando confirmé -una cuadra y media después- que era de los que no necesitaban hablar, entendí que mi felicidad era completa.

Así es que pude tener el placer de fumar mientras me trasladaba en un vehículo motorizado (sólo un vicioso podrá entender esto) y no tuve que sufrir conversaciones sobre el clima, la política nacional, el precio de los alimentos o la ineptitud ajena para conducir en la vía pública.

Cuando llegué a mi destino, bajé del auto y le di las gracias más efusivas que podía darle. Tuve ganas de decirle: “ojalá todos fueran como vos”, pero habría roto ese pacto tácito de que el silencio muchas veces es sano.

A propósito del día del traductor


Me he traducido a mí misma. Sí, cual escritora internacional por encargo, tomé un escrito que inútilmente hice el año pasado para mis antiguos empleadores y lo llevé al español.
La pieza original se encuentra en el museo del vestido salmónico. Y
he aquí su versión local:

Como si el azar fuera esa fuerza oculta en la que sólo creemos cuando nos es conveniente hacerlo, y de la cual sospechamos cuando se acerca como una ola hacia nosotros, los últimos dos libros que leí contaban historias sobre traductores. En ambos casos, los protagonistas eran hombres, estaban comprometidos con la tarea de develar el secreto que se esconde detrás del idioma inglés. Las tramas de los libros eran bastante distintas, sus personajes aun más, pero ambos, con estilos y registros diferentes, llegaban al mismo punto: traducir es un proceso continuo, que nunca termina, y del cual un traductor jamás se puede separar; es esa actividad que lo obsesiona incluso cuando el traductor descansa.

Cuando un abogado sale del tribunal, llega a su casa, le da un beso a su mujer y toma su trago de whisky, todo lo que le queda del día es una sensación. Es decir, la felicidad o la tristeza que acompaña un resultado. Es posible que haya acarreado consigo problemas o el estrés del lado injusto de la justicia; pero las leyes de las cuales se valió ese día, los códigos a los que acudió para guiarse, o los criminales que llevó a prisión no permanecen con él.

Cuando un traductor termina su día, apaga su computadora y le da un descanso a las palabras con las que estuvo lidiando todo el día, las palabras nunca lo dejan a él. Trabajar con el lenguaje es entregarse a la idea de que las palabras están en cualquier parte: en un mal subtítulo, en una canción, en un amigo que no sabe conjugar un condicional, en un libro cuya versión original derrama lágrimas por las acciones de un traductor perezoso.

Puede transformarse en una pesadilla, puede ser cansador y exasperante, pero las almas infatigables que manipulan con cuidado el arte de verter una pieza a otro idioma saben que alcanzar el objetivo mayor es la única recompensa. Los arquitectos que día tras día construyen el puente que cierra la brecha entre los idiomas sólo pueden descansar cuando las islas que separan las culturas se unen en un único territorio, un lenguaje unificado que pueda obsesionarnos a todos por igual.

"Una tosca media noche"


de un sábado de mucho frío esperaba con ansias el mensaje de texto de Alfredo donde me informaba a qué hora comenzaría a tocar Gran Cuervo. No había visitado su Pure Volume, ni su MySpace ni nada. No sabía nada en absoluto acerca de ellos más que el cariño inexplicable que me unía a uno de sus guitarristas. Un cariño de esos que no necesita el paso del tiempo para ser justificado.

Iba sola, Lamiga tenía un chongo birthday que no se podía perder y yo no podía romper mi compromiso de asistir al gig. Llegué a una casa empapelada con íconos revolucionarios y más suciedad que las calles de Retiro después de una noche de San Patricio. Por un segundo me arrepentí de haber ido, hasta que el abrazo de Alfredo al recibirme me confirmó que no había otro lugar donde debía estar. Me senté, encendí mi cigarro armado y escuché la primera banda: Hongo. Mon Dieu, perdí la peluca en algún acorde de la primera canción y ya nunca más la recuperé.

Hasta ese momento no había muchas personas, más entrada la noche y más cercana la aparición de Gran Cuervo, las cosas cambiarían. Tanto es así que tuve que levantarme, no llegaba a ver por las personas que se habían empezado a agolpar en el pequeño cuarto (cuando se ve a una banda así no da perderse las caras de sus integrantes mientras se dejan llevar por sus propios trances). Trances que todos los demás compartirían. Entre ellos, un muchacho de pantalones muy caídos, cabello largo y oscuro, y actitud rebelde. Lo vi pero no lo vi, mi cigarro y la música me habían privado de mis sentidos. Fue cuando tenía su espalda apoyada sobre mi cara y el pico de su cerveza demasiado cerca de mi vestido que pude verlo con alguna claridad. Después del exabrupto, y a modo de disculpa, me convidó un trago de su cerveza. Le dije que no con mi cara de pocos amigos y se alejó.

“Fue raro, estuvo buenísimo, pero fue raro”, le contesté a Alfredo con honestidad brutal cuando me preguntó cómo había estado. Había algo en sus guitarras que me había hipnotizado, mis desacostumbrados oídos se habían prestado con placer al viaje que los cuervos proponían, pero era imposible pelear con esa incomodidad que produce el género al principio. Sabía que no era mi última vez frente a estos muchachos y sentí que el gen de seguidora se había instalado.

Lo saludé, le agradecí haberme invitado e insistido en que vaya, estaba feliz de haberlos escuchado. Llamé un auto y me senté a esperarlo en un umbral. Y entonces volvió. El chico de los pantalones caídos apareció por la esquina, me miró y se detuvo. No recuerdo qué me dijo en un principio, pero sí recuerdo que compartimos la gracia de haber escuchado la intro de No Surprises a manos de Gran Cuervo. Eso nos llevó a las From the Basement y a otros tópicos que fueron abruptamente interrumpidos por la llegada de mi auto. Tenía que irme, Lamiga me estaba esperando en la fiesta, los choferes no gustan de esperar y el frío era asesino. Me subí al auto, los cuervos me habían robado las neuronas y un desconocido, varias sonrisas.

Hoy, varios muchos meses después, el desconocido me abraza antes de dormir y Gran Cuervo edita Polisessions Volumen I.

El EP abre con Marcellus Wallace Song, tan violenta y poderosa como la venganza que te espera por darle un masaje en los pies a la mujer del jefe de la banda, cuyo rostro no se conoce pero su falta de piedad se anticipa.

Grosso Corvus, la canción más corta del compilado, con un bajo rebana cerebros y por primera vez la voz de los Brandon Lee obligándote a buscar adentro, a escuchar el grito, en lugar de huir a lo desconocido. Y me imagino a Tippi Hedren rodeada por estos cuatro muchachos que la acosan hasta que le sangren los oídos.

Alcanzando el estado alfa abre con un estéreo de voces distintas y un “cae” que te transporta y te lleva al abismo mismo del sonido. Los ecos de la caída resuenan mientras una sensual guitarra dibuja formas y des-formas multicolores.

El riff de Ojos… es mi favorito, lejos. En realidad debería decir que Ojos… es mi favorita y ya. Si tuviera que elegir un tema para mostrarle a alguien por qué me gustan y por qué debería gustarle, elegiría esta canción sin dudarlo. Entre los segundos que transcurren desde el 5:20 al 6:28 no me pregunten qué pasa porque me fui, y vaya a saber uno adónde.

Y se termina, el Cuervo te hizo volar y se va, se despide, despega de este mundo con un funk con vientos y centellas. Y te quedás con ganas de más, como siempre que se vuelve de un viaje.

School of Rock


Una persona más que me diga “¿Pero de dónde crees que salieron los Strokes? Ellos no inventaron nada”, con esa arrogancia del que se regodea en su calidad de fanático de los grandes clásicos del rock, y te juro que no lo dudo. Acomodo mi garganta, le doy forma en mi boca y le lanzo el escupitajo más grande que este mundo jamás haya visto por parte de una persona cuyas hormonas se componen, principalmente, de estrógenos.

Te juro que lo entiendo, te juro que me gustan los Stooges, te prometo que me doy cuenta de que las guitarras estrokeras suenan igual a la de los grandes próceres del movimiento musical más grande del mundo, pero no me puede importar un ápice menos.

Su música no será de avant-garde, sus melodías no serán la promesa de la composición moderna, pero son putamente buenos. Y con eso me basta. Me basta entender que, como en muchos aspectos de la corriente creativa, las posibilidades de cambio son más que reducidas. Tengo la coherencia suficiente para darme cuenta de que de los 2.000 millones de bandas que se forman por año, a sólo un mínimo porcentaje de ellas se las puede denominar innovadoras. ¿Pero cuánto de eso importa si la intro de Heart in a Cage tiene el caudal de energía necesario para transmitirme una pequeña dosis de 220V en el cerebro? ¿Con qué necesidad voy a negar el talento de una banda cuyas influencias, imposibles de evitar, se cuelan en los acordes de sus canciones?

Aceptar que algo es bueno, más allá de poder rastrear o no sus orígenes en sus antecesores, no es rechazar lo clásico, es reinventarlo, es revitalizarlo, y por qué no, es una manera de imprimirle un valor que quizás habíamos olvidado que tenía. Es hora de reconciliar lo viejo con lo nuevo, en lugar de tener, necesariamente, que elegir un bando.

Choose (in) Life


Elegir apesta; conlleva esa inexorable sensación de pérdida, de que lo que se desecha puede llegar a ser mejor, a hacernos más felices, a estar en lo cierto.

Elegir es apostar en una carrera de opciones que carece de favoritos con más -o menos- posibilidades de tener éxito.

Elegir es luchar mano a mano con la incertidumbre, rogando, en silencio, no terminar con la cara en la lona.

Elegir es enterrar vivo al azar que de tanta responsabilidad nos libra.

Elegir es arrancar de raíz toda posibilidad de demorar lo inevitable, de extraer lo incontrolable.

Para una persona que debe ocuparse de la edición, de dirimirse entre puntos y comas, cursivas o comillas, el día se puede tornar interminable, plagado de vacilación, casi coqueteando con la desesperación.

Elegir es asumir, sin justificativos, que el arrepentimiento existe.

Alta Suciedad


Tengo un millón y medio de políticas.

La de la verdad – antes que todas -, respetar la ley del karma, no tolerar la tardanza, no fumar antes del desayuno, aplicar honestidad brutal los lunes, no salir de juerga con el pelo mojado, cargar mi discurso de hipérboles, y todas las que faltan hasta alcanzar la cifra que encabeza este párrafo. (Si no saber contar se pudiera tomar como política, bien podría incluir la enumeración anterior).

Una de ellas, no sólo tiene la cualidad de calificar para entrar al grupo, sino también acarrea consecuencias devastadoras. La política de no bañarme los domingos, más allá de la resonancia a pop colombiano que implique, significa, indefectiblemente, que deba realizar el despreciado acto los lunes por la mañana. Los vicios del fin de semana impregnados en la piel no pueden soportarse mucho tiempo más. Ahora, si por una de esas casualidades (léase insomnio, holgazanería u odio inconmensurable para con el sistema) no me amigué con el jabón antes de comenzar la jornada laboral, eso puede significar sólo una cosa: mi semana va a apestar. Me van a explotar cincuenta veces más de lo normal, voy a fumar el triple de cigarrillos, voy a tener un centímetro más de úlcera y así...

Una y otra vez. Cada vez que comienzo la semana sucia, el maldito porvenir se encarga de recordarme que la suciedad sólo me lleva a la miseria.

Es por eso que acabo de crearme otra política: No desafiar las estadísticas divinas. Porque no, dejar de pelearme con el jabón no es una solución.

El que ríe último...


Los atados de Camel vacíos que inundan mi escritorio, el almuerzo ausente de la semana, el poco ejercicio que reciben los músculos de mi cuerpo y el inminente regreso al impecable Branca parecen no equivocarse. No, no hago ningún esfuerzo por escaparle a la muerte, por tener una vida física más digna ni por evitar lo inevitable.

Tampoco participo en obras benéficas, no he inventando nada más que algunas frases "divertidas" y mis traducciones no exceden el promedio esperable del documento sujeto a la transición de un idioma a otro.

Es decir, si mañana me fuera de este mundo, si mañana fuera el día en el que mi cuerpo dejara de experimentar vida, no habría hecho nada demasiado notable o épico para irme con la dignidad que toda heroína romántica espera para el final de sus días.

Todo esto pensaba ayer, mientras trataba de acomodar mi cuerpo en una incómoda butaca y era testigo de la asombrosa composición de personaje que armó Heath Ledger para su Guasón. Hubiese apostado mi vida que nadie, NADIE en este mundo, podía ser mejor que Nicholson para tal fin, y menos, mucho menos, sin un Burton al lado.

Pero no, lo de Ledger es tan impecable que hasta eclipsa al mismísimo Batman. Sí, no es novedad que siempre amo más a los villanos que a los héroes, pero es que este Guasón es simplemente genial. Con tics estudiadísimos que jamás se olvida de repetir, con las órbitas de los ojos siempre en otro lado, con un lenguaje corporal exquisito, y esa mezcla de sarcasmo y delirio tan del Joker, esta belleza de chico se despidió del mundo de la mejor manera que alguien puede hacerlo, con talento.

Geez.

Clota


Mi computadora es lo que es no importa para lo que la use. Pensé que pasar tanto tiempo frente a ella me haría rechazarla, apartarla de mi cotidianidad extralaboral. Pero no. Ella es lo que es porque es lo que yo hice de ella. Son las cosas que le puse, el valor que le otorgué por ser mi compañera de tantas maneras, la tecla E repuesta y la eterna culpa que siente una madre cuando ve la imborrable cicatriz de su hijo al haberse lastimado bajo su guardia.

La verdad es que deseo con todas mis fuerzas ser más despojada, menos apegada, pero evidentemente no lo soy y me es inevitable no serlo. El fetiche – palabra que usaría en cada ocasión oportuna, incluso a sabiendas de que su uso fuera tan incorrecto como caprichoso – se manifiesta de muchas maneras and moves in mysterious ways.

Sólo la abandono cuando mi espalda pide descanso de tanta quietud. Y claro, porque “cuando el cuerpo habla, todo lo demás es vacío”. La mejor inversión que he hecho hasta el momento me conduce a la inmovilidad, cuando paradójicamente fue concebida para ser transportada. Así que cual progenitora complaciente, interpreto sus berrinches de traslado y la llevo al cuarto. Ese cambio de aire siempre la hace sentir mejor.

Quizás es solamente un producto del deseo de la mascota que nunca tuve, la tranquilidad de la ausencia quincuagenaria que me permite estar con ella bajo los efectos (cosa que ambas disfrutamos tanto) o la falta de ganas de algo “mejor”, cualesquiera sean las razones - que no necesito - ella es lo más en el mundo.

Las ideas son a prueba de balas


La anarquía, la acefalía, la descentralización del poder, la ausencia de endocentrismo son utopías que he entretenido en mi cabeza por años. La política como desprendimiento del entendimiento e interpretación humano me parece tan falaz e inútil como vivir sin la música.

Sí, ya sé, entiendo perfectamente lo limitada que es mi visión, lo ingenuo que es pensar que podríamos convivir en armonía en un mundo sin reglas ni leyes impuestas por pares que elegimos entre pares similares con mayores o menores similitudes y diferencias. Siempre tratamos de elegir entre lo menos peor con la mayor resignación.

Pero siempre que lo veo a él, a V, aparte de caer perdidamente enamorada de él, me dan ganas de creer de nuevo que hay cosas que pueden suceder. Que el miedo se puede erradicar, que los ideales pueden permanecer. Todo es tan poético, todo tan posible. Me recuerda a cuando era más joven y me creía lo suficientemente omnipotente como para cambiar el mundo.

Y venía cargada de esperanzas para este año que comienza, que HBO me haya bendecido con la emisión de esta maravilla no hace más que confirmar que pueda lograrlo.

No puedo creer como aún no tengo esa careta entre mis pertenencias, la voy a comprar para recordarme cada vez que necesite que la revolución no debería ser un sueño eterno.

Mi propio Daytona


Hoy fui a hacerme mi control ginecológico anual y es cantado, cada vez que me recuesto en esa camilla pienso ¿cómo es que alguien dedica su vida a mirar pussies?
Sacando los chistes que se puedan hacer sobre el tema, cLaramente machistas, en serio me pregunto: "Man, de toda la anatomía humana disponible, ¿qué te lleva a estudiar esta parte en particular?", ¿es de lesbiana reprimida?, ¿es de masoquista?, ¿es de morbosa?

Ninguno de los posibles perfiles que -a mi humilde parecer- encajarían con la descripción de una persona con las cualidades ante dichas se condice con el dulce rostro de Mónica. Ese rostro que no puedo mirar mientras, dedicada a su faena, opta por el silencio en lugar de rellenarlo con conversaciones puramente fáticas.

Pasado el extraño momento de falsa penetración, se higieniza y me comenta que al parecer todo está en orden. Yo respiro aliviada, ese mundo que se esconde en el conducto más recóndito y que jamás pude ni podré ver parece estar en óptimas condiciones.

Hecho el service de los ¿?¿?¿? kilómetros, vuelvo a mi casa, penetrada pero sin orgasmo. Y encima a estudiar, ¡qué injusto todo!

Chicas, cuélguense con la depilación, el dentista, el peluquero y la manicura, pero no con el papanicolau, I MEAN IT.

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